REGALADO HASTA UN PUÑO
Neil deGrasse Tyson afirmó que un desafío a vencer en la vida es que “sabemos lo suficiente para creer que tenemos razón, pero no lo suficiente para saber que estamos equivocados.”
Para creer en nuestra superioridad moral –y qué decir en la de un político- se necesita la combinación de dos elementos: autoengaño y candidez.
El autoengaño viene de definir la integridad a partir de unos criterios que sí cumplo, y omitir, convenientemente, aquellos que no cumplo.
Al actuar así, nos comportamos como el fariseo de la parábola que les contó Jesús a “algunos que tenían mucha confianza en su propia rectitud y despreciaban a los demás” (Lucas 18:9 NTV).
El fariseo creía que se encontraba en un plano de superioridad moral porque cumplía con los siguientes requisitos: no ser tramposo, ni adúltero, ni tampoco injusto.
Pero olvidó que la integralidad, por esencia, no puede ser fragmentada; la decencia no puede ser parcial; y que la rectitud no se cumple a medias tintas. En otras palabras, olvidó que cumplir sólo algunos de los requisitos, es lo mismo que no cumplir ninguno. El engaño de hacer pasar la parte por el todo.
La parábola de Jesús nos enseña que, bajo el disfraz de la defensa de una causa noble, asumir posturas de superioridad moral realmente busca un objetivo egoísta: enaltecernos a nosotros mismos. No se trata entonces de enarbolar “la” decencia, sino “mi” decencia. No se trata de salvaguardar “la” honestidad”, sino “mi” honestidad.
No se trata entonces de defender un relativismo moral, según el cual, el adulterio, la corrupción, la trampa, o la mentira, de repente, dejan de ser reprochables.
Se trata más bien de renunciar a creernos superiores morales a partir de nuestra “integridad parcial” que, en últimas, no es integridad, y reconocer que cualquier pecado, independientemente de quién lo cometa -nosotros o los demás-, será absolutamente malo.
Y es que resulta difícil pensar que nosotros, salvo que nuestro juicio esté condicionado por el autoengaño o la ingenuidad, terminemos un ejercicio de introspección y evaluación concluyendo: “¡qué bueno soy!”.
Por eso la falta del otro, a quien incautamente estimamos como “inferior moral”, es recomendable evaluarla, así sea por conveniencia, a través del filtro de la compasión. Esta actitud, nos dice la Biblia, es la única opción para salir justificados cuando se evalúen aquellas faltas que nos impiden, también a nosotros, ostentar una integridad plena.
A partir de este golpe de realidad sobre nosotros –o sobre nuestro candidato-, con humildad podemos aceptar la siguiente invitación bíblica: “Ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos” (Romanos 12:3 NTV).
"Dios había dicho que el fruto prohibido traería muerte pero Eva eligió creerle a Satanás quien le dijo que el fruto traería sabiduría. No quería el fruto, sino lo que le dijeron que el fruto le podía dar. "
El segundo paso consiste en aumentar la importancia de obtener lo que nos falta y restarle importancia al medio de obtenerlo.
“La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió.” (Génesis 3:6 NVI)
Dios había dicho que el fruto prohibido traería muerte (Génesis 2:17 NVI) pero Eva eligió creerle a Satanás quien le dijo que el fruto traería sabiduría.
Eva no quería el fruto, sino que quiso lo que Satanás dijo que el fruto le podía dar.
De ahí que la caída de Eva no se debió a una mentalidad rebelde, sino a una mentalidad mafiosa: lo importante era obtener lo que deseaba y no tanto el método de obtención.
Desear obtener sabiduría es una aspiración válida. Pero lo válido, lo bueno o lo justificable de lo que pretendemos obtener, no convierte en válido, bueno o justificable cualquier medio que lleve a su obtención.
El problema nunca fue que Eva deseara sabiduría porque Dios está presto a darla a quien se la pide. La Palabra dice: “Si alguno de ustedes requiere de sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios se la da a todos en abundancia y sin hacer ningún reproche.” (Santiago 1:5 RVC)
La sabiduría, el dinero, el placer, los sueños, todos se encuentran siguiendo a Dios. La tragedia no es desear estas cosas, sino procurar obtenerlas por medios que no son los definidos por Dios para su obtención.
El reproche de Dios a Eva no se basó en su deseo de sabiduría, sino más bien su deseo de obtenerla por métodos que lo excluían.
Al no honrar a Dios para obtener lo que deseamos, lo que se supone debería traer beneficio a quien lo obtiene, podría terminar trayendo tristeza. La palabra señala: “La bendición del Señor es un tesoro; nunca viene acompañada de tristeza” (Proverbios 10:22 RVC).
El hombre o la mujer que se busca un amante seguramente quiere sexo, romance, diversión. Son cosas legítimamente deseables. No son cosas malas, como no era mala la sabiduría que deseaba Eva, ni tampoco es mala la casa que el mafioso quiere comprar para su familia, o el apoyo que quiere darle a sus padres o la donación que quiere dar en la iglesia.
Pero no olvidemos que la bondad de nuestros deseos no se transfiere inmediatamente a los medios que utilizamos para obtenerlos.
Alguna vez oí a alguien decir que “una gallina de 400 mil, pero fiada, es barata”. Similar a quien piensa “regalado hasta un puño”.
Cuidémonos de pensar que algo nos conviene por el solo hecho que su medio de obtención se nos facilita (Ir a Estación # 5: “Lo mismo pero más barato”).
"La caída de Eva no se debió a una mentalidad rebelde, sino a una mentalidad mafiosa: le importaba más obtener lo que deseaba y no tanto el método de su obtención. "
Algunos afirman que lo prohibido siempre es lo más deseado. Estos mismos dirían que la responsabilidad de la caída de Adán y Eva la tuvo Dios por poner un fruto prohibido. Y no es así.
La caída de Adán y Eva fue una consecuencia de su elección. Una elección fruto de un engaño, pero su elección al fin y al cabo.
Esto nos lleva al paso tercero: ocultar que a veces el precio de ganar lo que nos falta, es perder lo que ya tenemos.
Nos vemos obligados a hablar de precio. Es caro lo prohibido cuando el precio a pagar es lo permitido. Pero Satanás nos miente: algunas veces, diciéndonos que se pueden tener ambas cosas, y en otras, diciéndonos que al ser lo prohibido mejor que lo permitido, el precio es barato.
Para adquirir sabiduría el precio que Eva pagó fue la lejanía de Dios. Para una persona casada, el precio del placer sexual con un amante es la traición a su esposo, la destrucción de su hogar, la deshonra a Dios y a sí mismo.
Todo fruto prohibido implica una pérdida: la pérdida de los frutos permitidos.
La regla de Dios ha sido clara: renunciar al fruto prohibido, nos permite disfrutar del fruto permitido. Por eso la vida abundante ofrecida por Jesús (Juan 10:10 NVI) se entiende correctamente desde aquello que podemos “hacer”, siempre y cuando respetemos aquello que no podemos hacer (Ir a Estación # 1: “La mirada de la serpiente”).
Si se tratara de que el fruto prohibido es mejor que el permitido, cómo explicar que en la mayoría de las veces los amantes que se consiguen las personas son peores que su pareja.
Se elige una amante que es peor que la pareja, no porque el amor prohibido sea más deseable, sino porque se percibe más deseable. Se mira al amante bajo un cristal que aumenta el deseo y reduce el precio de satisfacerlo.
Le pasó a Eva y nos pasa a nosotros. Conocer los tres pasos que llevaron a la caída de otro nos puede permitir desandarlos en caso que hayamos empezado a recorrerlos.
Nunca olvidemos que el Señor es un Dios de segundas, terceras, quintas o décimas oportunidades. Pero tampoco olvidemos que nuestras parejas no son Dios.