¿YA LO PENSÓ BIEN?
Marina, mujer casada y cristiana devota, todas las noches hace con fervor la siguiente plegaria: “Señor, que mi marido me sea infiel y tenga sexo con otra”.
Lastimosamente para ella, su oración no ha sido atendida. Oscar, su esposo, se muestra tan inquebrantable en su decisión de serle fiel, como en su decisión de no trabajar ni un solo día de los 17 años que llevan casados.
Durante todo su matrimonio la rutina diaria ha sido la misma. Desde temprano en la mañana y hasta casi la hora de dormir, el leal Oscar se sienta en su sillón a ver televisión; mientras, Marina atiende la miscelánea que tiene en el garaje de su casa, de cuyas ventas ella obtiene el dinero para sustentar a la familia.
Marina ha leído en la Biblia que “el hombre sólo puede divorciarse si su esposa tiene relaciones sexuales con otro hombre” (Mateo 5:32 TLAI). Decepcionada constata que no se da la misma autorización para el caso de un esposo holgazán. Anhela divorciarse, pero queriéndolo hacer con apego a la palabra, todos los días eleva al cielo su oración.
A quien escuché narrar el caso de Marina, aseguró que constituía el mejor ejemplo de lo ridícula y nociva que puede ser la creencia cristiana de la prohibición del divorcio. Por el contrario, pienso que ese caso ilustra, precisamente, el fundamento de dicha prohibición: la completa libertad para elegir esposo.
El enamoramiento impide durante el noviazgo una percepción integral de la persona que estamos escogiendo, de modo que, no sólo restamos importancia a los aspectos negativos de la pareja, sino que, además, aumentamos la importancia de sus aspectos positivos."
Convengamos, así sea en gracia de discusión, que resulta difícil creer que un hombre esforzado y diligente en su trabajo, de repente, desde el preciso día en que contrajo matrimonio, cambie de tal manera que pase a convertirse en un absoluto ocioso.
En otras palabras, si un hombre no trabaja cuando es soltero, podemos anticipar que tampoco lo hará cuando se case.
Entonces la holgazanería de su esposo que hoy tiene tan desesperada –y con toda la razón- a Marina, seguramente también la percibió cuando era su novio, pero es muy probable que, en su momento, le haya restado importancia.
Aventuro que por su mente cruzaban razonamientos del tipo: “A mi buen Oscar siempre se la montan los jefes y le toca salirse de los trabajos”, o “él tiene un talento muy incomprendido, pero cuando lo descubran ¡ya verán!”, o “él es tan buen hijo que dejó de trabajar para poder ayudarle a hacer los mandados a la mamá que está muy viejita”.
Cuando una pareja pasa de la etapa de noviazgo, con sus luces que encandilan más que iluminan, y comienzan a verse en la meridiana claridad que trae la vida diaria del matrimonio, algunos, en lugar de esforzarse por desarrollar una coherencia interna con su elección, inician a cuestionar a la persona que eligieron.
El enamoramiento, o la simple falta del tiempo suficiente, impiden durante el noviazgo una percepción integral de la persona que estamos escogiendo, de modo que, no sólo restamos importancia a los aspectos negativos de la pareja, sino que, además, aumentamos la importancia de sus aspectos positivos.
Sucede como con la ropa que escogemos bajo las luces y los espejos de los vestidores de un almacén, y que al probárnosla de nuevo cuando llegamos a casa, de repente, ya no se nos ve tan bien como en la tienda. Siendo la misma prenda, no la percibimos igual.
De manera similar, cuando una pareja pasa de la etapa de noviazgo, con sus luces que encandilan más que iluminan, y comienzan a verse en la meridiana claridad que trae la vida diaria del matrimonio, algunos, en lugar de esforzarse por desarrollar una coherencia interna con su elección, inician a cuestionar a la persona que eligieron.
“Se destiñó el príncipe azul”, aseguran. Pero, tal vez, sería mejor preguntarse ¿realmente alguna vez fue azul, o será que sólo hasta ahora estoy percibiendo su real tonalidad?
Lo anterior quita la culpa exclusiva del aparente príncipe o princesa desteñida, y añade un elemento de responsabilidad compartida que no podemos pasar por alto en una elección –seguramente mala, cómo no- hecha en algún momento de nuestra vida.
Y es que es muy diferente afirmar “me divorcio porque mi esposo resultó un haragán”, que decir “me divorcio porque como esposo escogí a un haragán”.
El esposo o esposa es el único miembro de nuestra familia que podemos escoger. Y la libertad de esta elección es lo que justifica la exigencia que nos hace Dios de dar cumplimiento al pacto matrimonial."
Ahora, la alteración de la percepción que ocurre durante el noviazgo, también lleva a aumentar la importancia que pueden tener aspectos positivos de una pareja, pero que quizás después, en el matrimonio, no resulten tan relevantes.
Que afortunado que tu novia sea hermosa, pero no te cases con ella únicamente porque es hermosa; que bueno que tu novio sea exitoso, pero no te cases con él únicamente porque es exitoso; y que lindo que sean dos novios enamorados, pero no se casen únicamente porque están enamorados.
“En el noviazgo abra los ojos, y en el matrimonio ciérrelos” se dice por ahí.
El esposo o esposa es el único miembro de nuestra familia que podemos escoger. Y la libertad de esta elección es lo que justifica la exigencia que nos hace Dios de dar cumplimiento al pacto matrimonial.
Un esbozo de definición de matrimonio: Cuando dos personas con falencias de carácter, debilidades temperamentales, y flaquezas del actuar, le hacen la promesa a Dios de amarse, respetarse y cuidarse por el resto de sus días.
Mientras que una definición de noviazgo sería: la negociación de un matrimonio. Y no necesariamente una que se hace con otra persona, sino con uno mismo. En una especie de voto autoimpuesto, acordar para sí que aquéllas cosas negativas de mi pareja, en caso que en un futuro no cambien, o incluso, se agudicen, no me impedirán por sí solas querer estar con esa persona por toda la vida.
Si de manera genuina no puedo arribar a esa certeza, pues tengo aún la absoluta libertad de no casarme. “Vale más no prometer, que prometer y no cumplir” (Eclesiastés 5:5 TLA) nos dice la Biblia.
El matrimonio exige vivir con base en ciertos principios que no serían obligatorios –e incluso, desaconsejables- en otras formas de relación, de ahí debemos hacer uso de la libertad de elección para escoger como esposo a una persona con el carácter –o al menos, con la potencialidad de desarrollarlo- para cumplir con esos principios.
El divorcio está prohibido, sí, pero casarse no es obligatorio.
La situación aciaga en que se encuentra Marina, es una invitación a usted, apreciado lector, si aún está de novio y se quiere casar, para ejercer la bendita libertad de escoger ¿ya lo pensó bien? ¡Aún está a tiempo!