NO HAY AFÁN

Un buen amigo mío afirma tener “novia”. Con ella llevan viviendo siete años y tienen dos hijos. “Pero es mi novia, no mi esposa”, aclara.

Shakira pensaba algo similar. Interrogada hace un tiempo por la razón para no casarse con el futbolista Gerard Piqué, con quien vivía hace años, y era el papá de sus dos hijos, respondió: “No quiero que él me vea como su esposa; sino como su novia”.

Y así como hay parejas que viven y tienen hijos juntos, pero no son esposos; también existen parejas que sí están casados, son esposos, pero se niegan a llevar un matrimonio.

Mi experiencia como abogado me ha enseñado que vivir en pareja, sin estar casados, no es la elección más recomendable. Pero, al menos, sí me parece una elección más coherente que la de aquellos que deciden casarse sin estar dispuestos a cumplir con lo que el matrimonio les va a requerir.

El matrimonio exige vivir con base en ciertos principios que no serían obligatorios –e incluso, desaconsejables- en otras formas de relación.

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El matrimonio exige vivir con base en ciertos principios que no serían obligatorios –e incluso, desaconsejables- en otras formas de relación."

En mi caso, el matrimonio ha sido la mejor decisión que he tomado, y al mismo tiempo, aquélla que ha traído más retos a mi vida.

Antes de casarnos, mi novia –actual esposa- y yo hicimos el curso prematrimonial en nuestra iglesia cristiana. Este curso tiene dos particularidades: la primera, que las parejas lo tomamos sin ni siquiera estar comprometidos. No se hace “porque” hayamos decidido casarnos -como ocurre normalmente en los cursos católicos-, sino para decidir “si” lo vamos a hacer.

La segunda es que dura aproximadamente 4 meses. Cada fin de semana se recibía la clase sobre un tema esencial del matrimonio, y al final se dejaba un cuestionario, a manera de taller, para que durante la semana la pareja intentara llegar a acuerdos sobre la forma de aplicar, en su eventual matrimonio, los principios bíblicos señalados por Dios en aspectos como: expectativas, roles, conflicto, hijos, manejo del dinero, relación con la familia extendida, vida sexual, entre otros.

Recuerdo que al inicio del curso nos dieron la recomendación de resolver los talleres en un lugar público. Supuse que lo hacían para generar un momento romántico donde dos novios, a lo mejor en un restaurante italiano, acordaran la canción que iba a sonar de fondo mientras hacían su primer baile como esposos.

Pero se trataba de preparar un matrimonio, no una boda. Entendí después que hacían esa recomendación para que, al menos por vergüenza, se mantuviera la compostura durante la inevitable discusión que iba a surgir.

Y es que lejana del romance, pero cercana a la vida de casados, es la escena de dos novios respondiendo interrogantes del tipo: “¿a quién de mi familia no te soportas?”, o “¿cuánta plata debes?”, o “cuando nos casemos, ¿pretendes que usemos la plata de ambos para seguir pagándole la universidad a tu hermana?”, o “entiendo que no te gustan los gatos, pero al casarnos, ¿aceptarías que mi gatico Morgan duerma en medio de nosotros?”, o “¿tu decisión de no tener hijos es definitiva?”.

Conocer la respuesta a estos y otros interrogantes garantiza a las parejas su libertad de escoger, al menos informadamente, entre dos opciones igualmente válidas: casarse o acabar el noviazgo.

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La fortaleza del matrimonio no descansa ni en el romance, ni mucho menos en la perfección del carácter, sino más bien en la confianza recíproca que tienen los esposos de querer cumplir unos mismos principios."

En ese tiempo, al intentar llegar a acuerdos en los temas esenciales del matrimonio, mi novia y yo tuvimos conflictos. En cambio, hoy que somos esposos…también. La diferencia radica en que, ahora, la discusión es en el “cómo”, y no en el “qué”.

Por ejemplo, ambos creemos que la “bolsa en común” es la forma correcta de llevar nuestras finanzas; también que nuestra familia nuclear –ella, nuestro bebé y yo- se prioriza sobre nuestras familias de origen; sabemos que estamos unidos por una relación de pacto, no de contrato; y creemos que, a pesar de ser dos personas distintas, en el plano espiritual somos uno, de ahí que nuestro principal enemigo siempre será la división.

En estas y otras cosas ambos creemos, pero no por creerlas su aplicación resulta ni inmediata, ni sencilla. Diferimos en las formas, los tiempos, o los alcances de llevar a cabo aquellos principios que prometimos cumplir al casarnos.

“¿Pueden dos caminar juntos sin estar de acuerdo a dónde van?” nos pregunta la Biblia (Amós 3:3. NTV). 

La fortaleza del matrimonio no descansa ni en el romance, ni mucho menos en la perfección del carácter, sino más bien en la confianza recíproca que tienen los esposos de querer cumplir unos mismos principios.

Y puede que la forma de aplicar estos principios genere desacuerdos, pero la esencia misma del matrimonio y la unión espiritual que genera, impide que esos desacuerdos se degraden hasta la división. 

Más bien, un matrimonio debe cuidarse, no tanto de los conflictos, sino de una aparente y estéril paz cuyo origen no es otro que la carencia de objetivos en común.

 “Los que se casan ya no viven como dos personas separadas, sino como si fueran una sola. Por tanto, si Dios ha unido a un hombre y a una mujer, nadie debe separarlos” (Mateo 19:6. TLA). 

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Con el mismo esfuerzo con que se busca el cumplimiento de los principios matrimoniales, se debe evitar las diversas formas de su evasión, laxitud o suplantación. No olvidemos que mentalidad de soltero no la tienen únicamente los solteros, ni esta termina por el sólo hecho de casarse."

Que el matrimonio es una maratón, mientras que el noviazgo es una carrera de 100 metros planos, es una frase que, no por manida, resulta menos cierta.

Y no deja de serlo así haya quienes “matrimonialicen” los noviazgos, como Shakira, o quienes “novialicen” los matrimonios.

Si la pareja se ha comprometido a que lo único que los pueda separar sea la muerte de uno de ellos, sopesarán con mesura sus desacuerdos inmediatos; se prepararán, no para la intensidad, sino para la constancia en sus esfuerzos; y, asimismo, evaluarán con prudencia el cumplimiento gradual de sus objetivos matrimoniales. ¡No hay afán!

“Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su manera” escribió Tolstoi al inicio de uno de sus libros más conocidos.

Creería entonces que los esposos, quizás con el mismo esfuerzo con que buscan el cumplimiento de los principios matrimoniales, deben evitar las diversas formas de su evasión, laxitud o suplantación. No olvidemos que mentalidad de soltero no la tienen únicamente los solteros, ni esta termina por el sólo hecho de casarse.

Claro está que esforzarse por cumplir los principios de un matrimonio no constituye, ni mucho menos, la fórmula secreta para su éxito; pero no hacerlo sí puede ser la fórmula para su fracaso.

Y aquí, apreciado lector, se impone una pausa. Como La Senda Criolla se dispone a recorrer el amplio tema del matrimonio, lo mejor será ahora detenernos y enfocarnos en su origen: la elección del esposo. Pero de eso hablaremos en la siguiente estación. 

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