¡NO SEA TAN TIERNO!
Neil deGrasse Tyson afirmó que un desafío a vencer en la vida es que “sabemos lo suficiente para creer que tenemos razón, pero no lo suficiente para saber que estamos equivocados.”
En la elección presidencial que acaba de finalizar en Colombia, me resultó muy llamativa la estrategia de “superioridad moral” usada por una de las campañas, según la cual, para seducir al votante indeciso, afirmaba que se debía escoger a su candidato por ser la opción buena, la íntegra y la decente.
Un ciudadano ajeno a cualquier perspectiva militante, al ver la pugnacidad con que los candidatos llevaron el debate; el uso constante de la mentira y la difamación; y el clientelismo evidente; fácilmente podía concluir que en cada una de las campañas podía existir cualquier cosa, menos bondad, integridad y decencia.
A pesar de esto, se veía personas que, por el apasionamiento con que se expresaban, se notaba que creían genuinamente en la superioridad moral de su candidato, lo cual, debo reconocerlo, me despertó cierta ternura. Pero también me hizo pensar si así nos vemos los humanos, y particularmente los cristianos, cuando, frente a otros, asumimos posturas de superioridad moral.
Para creer en nuestra superioridad moral –y qué decir en la de un político- se necesita la combinación de dos elementos: autoengaño y candidez.
"La integralidad, por esencia, no puede ser fragmentada; la decencia no puede ser parcial; y la rectitud no se cumple a medias tintas. En otras palabras, cumplir sólo algunos de los requisitos, es lo mismo que no cumplir ninguno. El engaño de hacer pasar la parte por el todo. "
El autoengaño viene de definir la integridad a partir de unos criterios que sí cumplo, y omitir, convenientemente, aquellos que no cumplo.
Al actuar así, nos comportamos como el fariseo de la parábola que les contó Jesús a “algunos que tenían mucha confianza en su propia rectitud y despreciaban a los demás” (Lucas 18:9 NTV).
Resulta que dos hombres fueron a orar al templo. El primero, quien era un hombre respetable en su tiempo por ser fariseo, oró así: “Te agradezco, Dios, que no soy como otros: tramposos, pecadores, adúlteros. ¡Para nada soy como ese cobrador de impuestos! Ayuno dos veces a la semana y te doy el diezmo de mis ingresos”
El segundo, en cambio, era un hombre despreciado por ser cobrador de impuestos, y su oración fue de la siguiente manera: “Oh Dios, ten compasión de mí, porque soy un pecador”.
Como producto de estas oraciones, contó Jesús, sólo regresó a su casa justificado el cobrador de impuestos, y la razón –explicó- es que “los que se exaltan a sí mismos serán humillados, y los que se humillan serán exaltados”
El fariseo creía que se encontraba en un plano de superioridad moral porque cumplía con los siguientes requisitos: no ser tramposo, ni adúltero, ni tampoco injusto.
Pero olvidó que la integralidad, por esencia, no puede ser fragmentada; la decencia no puede ser parcial; y que la rectitud no se cumple a medias tintas. En otras palabras, olvidó que cumplir sólo algunos de los requisitos, es lo mismo que no cumplir ninguno. El engaño de hacer pasar la parte por el todo.
Si en lugar de orar para que Dios le escuchara lo íntegro que era, el fariseo hubiese orado procurando escuchar a Dios, se me ocurre que hubiese oído lo siguiente: “No eres eso, te creo, pero ¿qué eres? ¿acaso mezquino? ¿de pronto juzgador, o chismoso, o clasista?”
El falaz consuelo de creernos superiores morales porque cumplimos algunos de los requisitos de la honradez, o porque en algunos campos de nuestra vida actuamos con rectitud, o porque quizás, la mayoría del tiempo, nos comportamos con probidad.
La parábola de Jesús nos enseña que, bajo el disfraz de la defensa de una causa noble, asumir posturas de superioridad moral realmente busca un objetivo egoísta: enaltecernos a nosotros mismos. No se trata de enarbolar “la” decencia, sino “mi” decencia. No se trata de salvaguardar “la” honestidad”, sino “mi” honestidad.
Una mirada plena a nosotros mismos nos recomendaría evaluarnos con prudencia, salvo que, como hemos visto, seamos engañados por nuestro orgullo.
"Bajo el disfraz de la defensa de una causa noble, asumir posturas de superioridad moral realmente busca un objetivo egoísta: enaltecernos a nosotros mismos. No se trata entonces de enarbolar “la” decencia, sino “mi” decencia. No se trata de salvaguardar “la” honestidad”, sino “mi” honestidad."
Por otro lado, se necesita una enorme candidez para creer que nos encontramos en una posición para juzgar a otro sin compasión. ¿Por qué negar la compasión para evaluar la conducta del otro? Porque creo que no la voy a necesitar cuando juzguen la mía. ¡No sea tan tierno!
Frente al tema de juzgar a otros, la Biblia dice que “Dios es el único juez. Él nos dio la ley, y es el único que puede decir si somos inocentes o culpables. Por eso no tenemos derecho de criticar a los demás” (Santiago 4:12. TLA); y nos pregunta “¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otro? Que se mantenga firme o que caiga es asunto de su propio señor”. (Romanos 14:4. NVI).
“Porque el que cumple con toda la Ley, pero falla en un solo punto, ya es culpable de haberla quebrantado toda” (Santiago 2:10. NVI). Pareciera así que la Biblia nos prohíbe ser jueces de otro, salvo que cumplamos con un solo requisito: santidad total.
Con nuestro mismo candor de creer que, si no cometemos “ese” pecado, podemos juzgar sin compasión “el” pecado, la Biblia cuenta que un grupo de personas, haciendo las veces de jueces oficiosos, se aprestaban a apedrear a una mujer adúltera (Juan 8:1-11. NTV).
Sin embargo, cuando Jesús les dijo que “si alguno de ustedes nunca ha pecado, tire la primera piedra” (Juan 8:7. TLA), cayeron al suelo las piedras que portaban en sus manos, al tiempo que caía derrumbada su pretendida superioridad moral.
"El candor de creer que, si no cometemos “ese” pecado, podemos juzgar sin compasión “el” pecado "
“Hablen y pórtense como quienes han de ser juzgados por la ley que nos da libertad, porque habrá un juicio sin compasión para el que actúe sin compasión. ¡La compasión triunfa en el juicio!” (Santiago 2:8-13. NVI)
No se trata aquí de defender un relativismo moral, según el cual, el adulterio, la corrupción, la trampa, o la mentira, de repente, dejan de ser reprochables.
Se trata más bien de renunciar a creernos superiores morales a partir de nuestra “integridad parcial” que, en últimas, no es integridad, y reconocer que cualquier pecado, independientemente de quién lo cometa -nosotros o los demás-, será absolutamente malo.
Y es que resulta difícil pensar que nosotros, salvo que nuestro juicio esté condicionado por el autoengaño o la ingenuidad, terminemos un ejercicio de introspección y evaluación concluyendo: “¡qué bueno soy!”.
Por eso la falta del otro, a quien incautamente estimamos como “inferior moral”, es recomendable evaluarla, así sea por conveniencia, a través del filtro de la compasión. Esta actitud, nos dice la Biblia, es la única opción para salir justificados cuando se evalúen aquellas faltas que nos impiden, también a nosotros, ostentar una integridad plena.
A partir de este golpe de realidad sobre nosotros –o sobre nuestro candidato-, con humildad podemos aceptar la siguiente invitación bíblica: “Ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos” (Romanos 12:3 NTV).